En el año que se cumplen veinte de su álbum debut homónimo como LA ESTRELLA DE DAVID, David Rodríguez presenta Máximo (Sonido Muchacho, 2026), envuelto esta vez en formato banda clásica de rock: guitarra eléctrica, bajo y batería. Recordamos que el artista catalán viene dando guerra desde los años noventa cuando era componente de bandas de culto como Beef o Bach Is Dead. También posteriormente ejerciendo de productor (La Bien Querida, Los Punsetes, Soleá Morente) y como guitarrista en el primero de los casos, acompañando a su ex-pareja Ana Fernández-Villaverde. Su último lanzamiento en formato largo fue el espléndido Contigo (2021), manufacturado a cuatro manos junto a Maria Rodés.
Su naturaleza minimalista junto a una sorna aderezada con cierto derrotismo no exento de dulzura marcan el ADN del proyecto y la fórmula sigue bien vigente en el nuevo álbum. El disco suena limpio, directo al grano, lo que provoca que emerjan, aún más si cabe, las excelencias de las letras de David. Hablando de la lírica, el amor o la búsqueda del mismo y su experiencia en Madrid, ciudad donde está viviendo desde hace unos años, marcan la linea argumental del trabajo.
El disco arranca con la intro instrumental "Máximo riesgo" liberando expectación durante su minuto de metraje. Enseguida llega la gamberra "Yo quiero enamorarme de ti" con una explosión de electricidad preparada para traspasar los surcos del vinilo. La ironía que viene de fábrica hace que nos topemos ante una de las frases del año: <<No, no puedo arreglar el país, pero puedo enamorarme de ti>>.
La conmovedora "No me quieras tanto" nos recuerda a pasajes gloriosos como productor de La Bien Querida. El bajo parece tocado por Peter Hook cuando estava en Joy Division culminando uno de los temas más sombríos del conjunto con versos como: <<Se va el día y sale la luna entre montañas de basura, promesas que son como guadañas, sombras, miedo, que noche tan oscura>>. Esplendorosa, bendita oscuridad.
La ternura popera de "Demasiado bien" esconde el desconsuelo por un amor no correspondido. Mientras, la evidencia del paso del tiempo hace mella en "Haciendo el tonto", con Madrid como escenario por donde viene trascurriendo su vida durante los últimos tiempos.
Un jangle-pop juguetón enmarca la esencia de "Nombre provisional" con estribillo ultra-melódico incorporado en el que intervienen celestiales sintes como guinda para un corte maravilloso.
La costumbrista "Látigo negro" es crudeza e inquietud desde la entrada de un bajo sentenciador en sus primeros segundos hasta los afilados rasgueos guitarreros en su tercio final. La lírica como siempre poniendo el broche de oro con versos tan lapidarios como: «pero dónde voy a ir, a dónde irme, si siempre vendrá Amancio Ortega a recibirme».
El pop-rock tabernero de "Va por nosotros" es un brindis viciado por un amor que está a punto de saltar por los aires. "Dancing star" con su luminoso desarrollo guitarrero no puede disimular las cicatrices de la madurez. Con la velocidad de "Acordándote de mí", cabalgando a lomos de una batería y guitarras trepidantes e incisivas, llegamos a la delicadeza melancólica de "Andrés". Agridulce como ella sola, la presencia del piano ejerce de apósito perfecto para las heridas del corazón. El solo de guitarra llegando a la mitad del corte es de aquellos momentos para quedarte a vivir.



